Damian Lillard y James Harden han sido los dos últimos en hacerlo, pero la lista no deja de crecer. La nueva pandemia de la NBA no tiene que ver con un virus: se trata de estrellas de primer nivel que firman contratos por cientos de millones de dólares y, a los pocos meses, piden el traspaso a otra franquicia. Un fenómeno que ha sacudido el verano de 2023 y que amenaza con cambiar para siempre la dinámica de poder entre jugadores y propietarios en la mejor liga de baloncesto del mundo.
Solo este verano, tres estrellas de primer orden han protagonizado peticiones de traspaso: Bradley Beal, Damian Lillard y James Harden. Pero el fenómeno no es nuevo. Viene de lejos — muy lejos — y tiene raíces profundas en la estructura misma de la NBA.
LOS TRES CASOS DEL VERANO
Bradley Beal firmó una extensión supermax con los Washington Wizards por cinco años y 251 millones de dólares en octubre de 2022. Menos de un año después, fue traspasado a los Phoenix Suns después de que quedara claro que el proyecto de Washington no tenía futuro competitivo. El jugador activó una cláusula de no traspaso para controlar su destino, pero el mensaje fue inequívoco: firmó el contrato más grande posible y después forzó su salida.
Damian Lillard, el emblema de Portland Trail Blazers durante más de una década, pidió formalmente el traspaso este verano tras años de lealtad al equipo que lo drafteó. Lillard, que tiene un contrato vigente de dos años con opción de jugador por un total cercano a los 120 millones de dólares, quiere jugar en un equipo competitivo y ha dejado claro que su destino preferido son los Miami Heat.
James Harden, por su parte, lleva tiempo protagonizando conflictos con todas las franquicias por las que pasa. Tras su estancia en Brooklyn Nets, llegó a Philadelphia 76ers, donde también ha pedido el traspaso después de diferencias públicas con la directiva del equipo. La historia se repite.
¿POR QUÉ OCURRE?
Hay dos maneras de entender este fenómeno, y ambas tienen argumentos válidos.
Desde la perspectiva de los propietarios, es un acto de egoísmo. Los jugadores firman contratos garantizados por sumas astronómicas — en muchos casos superiores a los 200 millones de dólares — y obtienen seguridad financiera absoluta. Podrían optar por no renovar e irse como agentes libres, o firmar contratos más cortos que les den flexibilidad. En cambio, eligen el máximo dinero posible y después utilizan su poder mediático para forzar la salida hacia un destino de su preferencia.
Desde la perspectiva de los jugadores, es la única herramienta que tienen para controlar su futuro. En el momento en que un jugador firma un contrato en la NBA, la franquicia puede hacer con él lo que quiera: traspasarlo a la otra punta del país sin aviso previo, enviarlo a un equipo perdedor o incluso apartarlo de la rotación. Es el precio de los salarios millonarios, pero es un peaje difícil de imaginar en cualquier otro sector profesional. Pedir el traspaso es, paradójicamente, la única forma que tiene una estrella de ejercer algún control sobre su carrera mientras mantiene el salario más alto posible.
NO ES UN FENÓMENO NUEVO
Aunque los casos recientes han acelerado la conversación, las peticiones de traspaso existen desde los primeros años de la liga. Wilt Chamberlain pidió salir de Philadelphia en los años 60. Kareem Abdul-Jabbar forzó su salida de Milwaukee a Los Angeles Lakers en 1975. Vince Carter hizo lo propio con Toronto Raptors a principios de los 2000.
Lo que ha cambiado es la frecuencia y la escala. En la era de las redes sociales, los jugadores tienen una plataforma directa para comunicar sus deseos, presionar a las franquicias y generar narrativas públicas que aceleren las negociaciones. Además, los contratos supermax — diseñados originalmente para que las franquicias pudieran retener a sus estrellas con ofertas que nadie más podía igualar — se han convertido en un arma de doble filo: los jugadores los firman por la seguridad financiera y después buscan la salida cuando el proyecto deportivo no les convence.
LAS CONSECUENCIAS
Para las franquicias pequeñas, el fenómeno es devastador. Equipos como Portland, Washington o Sacramento invierten años de desarrollo y cientos de millones en salarios para construir alrededor de una estrella, solo para ver cómo esa estrella pide irse a un mercado más grande o un equipo más competitivo. La promesa implícita del contrato a largo plazo — “me quedo aquí y construimos juntos” — se rompe cada vez con más frecuencia.
Para la liga, es un desafío estructural. El comisionado Adam Silver ha reconocido que la situación preocupa a los propietarios y ha sugerido que podrían adoptarse medidas en el próximo convenio colectivo para desincentivar las peticiones de traspaso tempranas.
Para los aficionados, es una fuente constante de incertidumbre. Cuando un jugador firma una renovación millonaria, ya nadie puede estar seguro de que signifique compromiso real con la franquicia. El contrato se ha convertido en una garantía financiera para el jugador, pero no en una garantía de permanencia para el equipo.
¿QUÉ VIENE AHORA?
El mercado de traspasos del verano de 2023 aún no ha terminado, y tanto Lillard como Harden siguen esperando su destino final. La NBA se enfrenta a una pregunta incómoda: si las mayores estrellas de la liga pueden firmar contratos máximos y después elegir dónde jugar al margen de esos contratos, ¿qué sentido tiene el sistema actual?
Es la nueva pandemia de la NBA. Y, a diferencia de la anterior, no parece haber vacuna a la vista.

